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Lydia Cacho presenta ‘Un Halcón en mi ventana’

Lydia Cacho presenta ‘Un Halcón en mi ventana’

Tabla de contenidos


Lydia Cacho reivindica a mujeres del 68

  • Lydia Cacho presentó Un Halcón en mi ventana (Penguin Random House) en el Museo Nacional de Antropología.
  • La novela fue publicada por el sello Penguin Random House, como se informó durante la presentación.
  • La novela rescata la participación de mujeres en los movimientos estudiantiles de 1968 a 1975.
  • Nació tras la miniserie Somos valientes y la falta de presupuesto para un documental.
  • Se construye con testimonios cercanos y anécdotas reales, para ampliar una memoria históricamente centralista y masculina.

Memorias invisibles del 68
Lydia Cacho Ribeiro es periodista y escritora mexicana, conocida por su trabajo de investigación y por colocar temas de derechos humanos en el debate público. En esta presentación, su punto de partida no es “volver a contar” el 68 como efeméride, sino discutir qué memorias quedan fuera cuando el relato se concentra en el centro, en los hombres y en los nombres más repetidos.

Presentación de ‘Un Halcón en mi ventana’

La periodista y escritora Lydia Cacho Ribeiro presentó su nueva novela Un Halcón en mi ventana, como un intento deliberado de recuperar una parte de la historia que —según su propia lectura— quedó fuera del relato dominante: la participación de las mujeres en los movimientos estudiantiles y sociales que atravesaron México entre 1968 y 1975.

De acuerdo con lo expuesto en la presentación, el libro fue dado a conocer la tarde del 20 de mayo de 2026 en el Museo Nacional de Antropología e Historia, en Ciudad de México, en conversación con el periodista Carlos Puig.

La presentación ocurrió en la Ciudad de México, en el Museo Nacional de Antropología e Historia, en una conversación con el periodista Carlos Puig. Ahí, Cacho colocó el libro en un terreno que combina memoria, ficción y denuncia: no se trata de una reconstrucción autobiográfica —ella tenía cinco años en ese periodo—, sino de una novela que busca nombrar, situar y volver visibles a quienes fueron borradas o reducidas a notas al pie.

El punto de partida, explicó, es una constatación simple y contundente sobre la forma en que se ha transmitido el 68: la historia suele contarse desde una mirada épica, centralista y masculina, concentrada en los grandes escenarios de la capital —como el Instituto Politécnico Nacional y la Universidad Nacional Autónoma de México— y en un puñado de figuras reconocibles. Frente a ese encuadre, la novela propone un desplazamiento: mirar a las mujeres —a “otras” mujeres— y también los movimientos que acompañaron al estudiantil.

En esa apuesta, Un Halcón en mi ventana se presenta como una pieza narrativa que no pretende sustituir a la investigación histórica, sino abrir una puerta: la de la imaginación informada por testimonios, para reconstruir lo que no quedó documentado o lo que no fue rescatado, incluso por periodistas feministas, como señaló la autora.

Conversación sobre memoria y denuncia

  • Cuándo y dónde: “la tarde del 20 de mayo de 2026” en el Museo Nacional de Antropología e Historia, Ciudad de México.
  • Formato del evento: conversación pública con el periodista Carlos Puig.
  • Clave de lectura que dio la autora: “no se trata de una reconstrucción autobiográfica —ella tenía cinco años en ese periodo—”, sino de una novela que combina “memoria, ficción y denuncia”.

Reivindicación de las mujeres en los movimientos estudiantiles

Uno de los ejes que Cacho subrayó en la conversación pública es la dimensión de la ausencia: la participación de las mujeres en el 68 y en los años posteriores no solo fue minimizada, sino que en muchos casos quedó fuera de los registros más consultados. La autora lo resumió con una frase que funciona como diagnóstico de época digital: “Si tú googleas mujeres del 68, te aparecen 7 nombres”.

Esa reducción, planteó, no es un accidente menor. Condiciona la manera en que una sociedad entiende su pasado y, por extensión, lo que considera posible en el presente. Si la memoria pública solo reconoce a unos cuantos protagonistas —y casi siempre hombres—, el mensaje implícito es que el liderazgo, la organización y el costo político de la protesta pertenecen a un solo grupo.

La novela, entonces, se propone como un ejercicio de reivindicación: ampliar el mapa de nombres, trayectorias y experiencias de mujeres de todo el país que participaron en el movimiento estudiantil y en otros procesos sociales que lo acompañaron. En esa ampliación hay también una crítica a la forma en que se ha contado el periodo: no solo por voces masculinas, sino incluso por algunas mujeres periodistas que, según Cacho, han reproducido el mismo encuadre centralista.

En el fondo, la reivindicación no se limita a “agregar” mujeres a una lista ya hecha. Implica cambiar el ángulo: reconocer que la historia del 68 no fue una sola historia, ni ocurrió en un solo lugar, ni tuvo un solo tipo de participación. Y que, cuando se mira con atención, aparecen redes, afectos, riesgos y pérdidas que no caben en la narrativa heroica tradicional.

Lo que suele quedar en primer plano del “68” Lo que la novela busca volver visible (según lo dicho en la presentación) Por qué importa para la memoria pública
Un puñado de figuras “reconocibles” y escenas repetidas Mujeres de “todo el país” con trayectorias menos documentadas Cambia quiénes aparecen como sujetas políticas y organizadoras
Capital como escenario casi único (IPN/UNAM) Otras geografías y redes fuera del centro Evita que lo nacional se reduzca a lo que ocurrió en la CDMX
Relato épico y masculino Experiencias con costos: desapariciones, cárcel, enfermedad, silencios Muestra que la represión también operó borrando rastros y voces
Memoria basada en lo más consultado/visible Preguntas que abren archivo familiar y comunitario Invita a buscar testimonios donde nunca se “archivó” formalmente

Origen de la novela y su conexión con ‘Somos valientes’

Cacho explicó que el proyecto nació después de realizar la miniserie Somos valientes. A partir de ese trabajo, pensó inicialmente en un documental sobre la participación de las mujeres en los movimientos de 1968 a 1975, precisamente porque esa participación “no estaba documentada” y porque, en su lectura, había sido borrada de la historia.

Sin embargo, la falta de presupuesto para concretar el documental la llevó a buscar otra forma narrativa. La novela apareció como alternativa y, al mismo tiempo, como herramienta: la ficción permite reconstruir atmósferas, articular voces y conectar episodios dispersos sin depender de los requisitos de producción audiovisual. En su planteamiento, no se trata de inventar por inventar, sino de usar la ficción para sostener una memoria que, de otro modo, queda fragmentada o inaccesible.

La conexión con Somos valientes también sugiere una continuidad en el interés de la autora por los relatos de resistencia y por las formas en que la sociedad civil se organiza frente a la opresión política. Cacho insistió en que el 68 suele recordarse como un momento emblemático, pero que alrededor de ese año y en los años siguientes hubo otros movimientos y otras luchas que se entrelazaron.

De documental a novela
1) Punto de partida: tras Somos valientes, surge la pregunta por la participación de mujeres (1968–1975) “no documentada”.
2) Ruta inicial: idea de documental para reunir y mostrar esa memoria.
3) Punto de quiebre: falta de presupuesto → el proyecto audiovisual no se concreta.
4) Decisión narrativa: pasar a novela para poder reconstruir atmósferas y conectar episodios sin depender de producción.
5) Resultado buscado: una “imaginación informada por testimonios” que nombre y sitúe a quienes quedaron fuera del relato dominante.

Testimonios y experiencias en la escritura de la novela

Aunque Cacho no vivió el 68 como participante —tenía cinco años—, sostuvo que la novela se alimenta de testimonios de personas muy cercanas. En su explicación, el libro incluye “un montón de anécdotas que son reales”, recuperadas de conversaciones familiares y de memorias compartidas que escuchó ya en la adolescencia.

La autora relató que sus tíos participaron en el 68 y que, al escribir, consultó también a las novias de sus tíos, quienes siguen siendo amigas de la familia. Ese detalle no es menor: muestra cómo la memoria política se transmite en espacios íntimos, en sobremesas y relatos que rara vez se convierten en documento público. La novela, en ese sentido, funciona como puente entre lo privado y lo colectivo.

Desde la ficción, dijo, pudo rescatar nombres de mujeres que desaparecieron —por ejemplo, en Santa Martha Acatitla, según lo narrado en la presentación— o que terminaron en lugares como Lecumberri. También habló de quienes se fueron a algún pueblo y “ya nadie supo más de ellas”, o de quienes ya no pueden hablar porque murieron, enfermaron o simplemente desaparecieron. En esa enumeración aparece el costo humano de la represión y el silencio posterior: no solo se persiguió a personas; también se borraron sus rastros.

El uso de testimonios cercanos plantea una tensión productiva: la novela no pretende ser expediente judicial ni archivo oficial, pero sí aspira a ser un espacio donde esas experiencias —que no siempre quedaron registradas— puedan tener forma y permanencia. En un país donde la memoria pública suele depender de lo que se documenta en el centro, la apuesta por relatos familiares y comunitarios se vuelve una forma de contrarrestar el olvido.

Testimonios convertidos en relato
Cómo se convierten los testimonios en relato (según lo descrito por la autora en la presentación):

  • Fuente: memorias y conversaciones de personas cercanas (familia y amistades de la familia) que sí participaron.
  • Materia narrativa: “anécdotas… reales” + recuerdos escuchados desde la adolescencia.
  • Transformación: la ficción organiza tiempos, voces y atmósferas para dar continuidad a experiencias dispersas.
  • Límite explícito: no es autobiografía ni “archivo oficial”; busca visibilizar lo que quedó sin documentar.

Perspectivas sobre la historia del 68 y su narración

Cacho cuestionó la manera en que se ha contado el 68: una historia “épica”, centralista y masculina, concentrada en los grandes referentes de la capital. Su crítica no niega la importancia de esos espacios, pero advierte que ese enfoque deja fuera otras geografías y otras experiencias, y termina por simplificar un periodo complejo.

En su lectura, el movimiento estudiantil convivió con otros movimientos sociales, y esa convergencia se pierde cuando el relato se reduce a un puñado de escenas y protagonistas. La autora insistió en que, además de lo que ocurría en el IPN y la UNAM, había movilizaciones y luchas en distintas regiones del país, con mujeres participando en múltiples frentes.

En la presentación, también colocó el 68 mexicano en un marco latinoamericano. Para ella, México y su sociedad civil se convirtieron en “punta de lanza” para combatir dictaduras y opresiones políticas y militares en la región. Mencionó que, cuando en países como Argentina, Chile o Guatemala se dieron cuenta de ciertos paradigmas, México “ya había roto” varios de ellos. Su énfasis está en la memoria de lo logrado: una advertencia contra el olvido de las capacidades colectivas.

La novela, dijo, “muestra el dolor del pasado”, pero no se queda ahí. Su pregunta es hacia adelante: “Ya sabemos lo que pasó, ahora qué va a pasar después”. En esa frase se condensa su apuesta por una memoria útil: conocer el pasado “de frente” para entender lo que puede venir “detrás de nosotros para atropellarnos”.

En su diagnóstico, ese riesgo se expresa en procesos como la militarización, la construcción de corrupción y la destrucción de derechos, y en la necesidad de que la sociedad civil “tome las calles” para evitar que el pasado se repita.

Memoria, ficción y verificación

  • Ficción vs. exactitud documental: la novela puede reconstruir atmósferas y conectar episodios, pero no reemplaza una investigación histórica ni un archivo verificable.
  • Memoria íntima vs. memoria pública: los relatos familiares acercan experiencias que no quedaron registradas; al mismo tiempo, pueden ser fragmentarios o depender de lo que se recuerda y se transmite.
  • Nombrar ausencias vs. probar casos: “volver visibles” historias borradas ayuda a ampliar el mapa de participación, aunque no siempre sea posible corroborar cada detalle con documentos.
  • Relato centralista vs. relato ampliado: mover el foco fuera del centro complejiza el periodo, pero exige aceptar que no habrá una sola versión “cerrada” del 68.

Inclusión de mujeres afromexicanas e indígenas

Uno de los puntos más relevantes que Cacho puso sobre la mesa es que el 68 no fue un fenómeno aislado ni homogéneo. En su recuerdo y en los testimonios que recupera, al movimiento estudiantil se sumaron otros procesos donde también participaban mujeres afromexicanas e indígenas.

La autora señaló que mujeres afromexicanas acudían a las marchas, y que mujeres indígenas estaban haciendo reivindicaciones para proteger y defender a los mineros en todo el país. Esa mención amplía el marco: no se trata únicamente de estudiantes en la capital, sino de una constelación de luchas sociales donde el género, el origen y la pertenencia comunitaria importan para entender cómo se organizaba la resistencia.

Al incorporar estas presencias, la novela busca romper con la idea de un sujeto único del 68. También cuestiona la forma en que se construye el “centro” de la historia: cuando el relato se concentra en ciertos espacios y actores, otras participaciones quedan como periféricas o invisibles, aunque hayan sido parte del mismo momento político.

La inclusión de mujeres afromexicanas e indígenas, tal como la plantea Cacho, no aparece como un gesto decorativo, sino como una corrección de perspectiva: reconocer que las movilizaciones y sus alianzas fueron más amplias de lo que suele contarse, y que las mujeres estuvieron ahí no solo como acompañantes, sino como participantes activas en marchas, reivindicaciones y defensas comunitarias.

En un país marcado por desigualdades históricas, esa mirada también obliga a preguntarse qué memorias se preservan y cuáles se pierden cuando no hay archivo, presupuesto, o voluntad de documentar.

Constelación ampliada de resistencias
Ampliar el sujeto del 68 hacia mujeres afromexicanas e indígenas cambia dos cosas a la vez: la geografía (no solo capital/escuelas emblemáticas) y la trama de alianzas (movimiento estudiantil entrelazado con luchas comunitarias y laborales). En el marco que plantea Cacho, esa ampliación no es un “anexo” identitario, sino una forma de leer el periodo como una constelación de resistencias conectadas.

Impacto social y cultural de la obra

Un Halcón en mi ventana llega como una intervención en el terreno de la memoria pública. Su impacto, según lo planteado por la autora, no depende únicamente de su circulación editorial, sino de su capacidad para reordenar preguntas: ¿quiénes aparecen en la historia del 68?, ¿quiénes quedaron fuera?, ¿qué consecuencias tiene ese borrado?

Cacho insistió en que conocer el pasado “desde frente” es una condición para entender lo que viene. En su lectura, la memoria no es un ejercicio nostálgico, sino una herramienta de prevención social: si no se mira con claridad cómo se construyen la corrupción y la destrucción de derechos, el pasado puede “atropellarnos” de nuevo. La novela, entonces, se propone como un recordatorio de los costos de la represión y del silencio, pero también como una invitación a sostener la participación ciudadana.

En términos culturales, el libro disputa el canon narrativo del 68: no para negar lo ya contado, sino para complejizarlo con nombres, experiencias y cruces de movimientos que suelen quedar fuera. Al hacerlo desde la ficción basada en testimonios, abre un espacio para que lectoras y lectores se acerquen a historias que quizá no encontrarían en un recuento tradicional.

En un país donde la memoria de los movimientos sociales suele concentrarse en figuras visibles, una novela que insiste en las ausencias puede funcionar como detonante: para buscar más testimonios, para preguntar en las familias, para mirar archivos locales, para reconocer que la historia también se escribe desde quienes no tuvieron micrófono.

Señal observable de impacto Qué se vería en la práctica Por qué sería coherente con lo que plantea la autora
Conversación pública más amplia sobre “quiénes faltan” Más preguntas sobre nombres, roles y geografías fuera del canon La novela se propone “nombrar” y “volver visibles” ausencias
Lecturas y discusiones en espacios educativos/culturales Clubes de lectura, charlas, presentaciones, debates sobre memoria y género El libro funciona como puerta de entrada a una memoria no documentada
Búsqueda de testimonios en familias y comunidades Recuperación de relatos locales, archivos personales, historias orales El texto insiste en que la memoria también vive en lo íntimo
Relectura del 68 como constelación de movimientos Más atención a cruces con luchas indígenas, laborales y regionales La autora subraya que no fue un fenómeno aislado ni homogéneo

Reflexiones sobre ‘Un Halcón en mi ventana’

La voz de las mujeres en la historia

La apuesta central de Cacho es que la historia del 68 —y de los años que lo rodean— no puede seguir contándose como si las mujeres hubieran sido marginales o excepcionales. Su frase sobre los “7 nombres” que aparecen en una búsqueda en internet funciona como síntoma de un problema mayor: la memoria pública se construye con selección, y esa selección ha sido desigual.

Al recuperar anécdotas reales y testimonios cercanos, y al nombrar a quienes desaparecieron, enfermaron o murieron, la novela propone una reparación simbólica: devolver presencia a quienes fueron borradas. No es una reparación completa —porque muchas ya no pueden hablar—, pero sí una forma de insistir en que existieron, participaron y pagaron costos.

Un llamado a la acción social

Cacho conectó el pasado con una advertencia: sin memoria, la sociedad no entiende lo que puede venir. En su diagnóstico, la militarización, la corrupción y la erosión de derechos son procesos que se vuelven más fáciles cuando el tejido social se acostumbra al olvido.

En esa idea, Un Halcón en mi ventana no se limita a narrar; busca activar una conversación sobre el presente. Desde la perspectiva de derechos y participación, la memoria se vuelve una forma de cuidado colectivo: recordar para reconocer señales, y reconocer señales para actuar antes de que el daño sea irreversible.

Este enfoque se lee en sintonía con el marco de derechos humanos y justicia social que guía el trabajo editorial de Tengo Un Retraso (MSI Reproductive Choices Mexico): poner en el centro las voces históricamente borradas y las condiciones materiales que permiten —o impiden— el ejercicio pleno de derechos.

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